Preocuparse es inútil (Depende)

Es relativamente popular esta metáfora:

""Un psicólogo en una sesión grupal levantó un vaso de agua. Ya todo el mundo esperaba la típica pregunta: ¿Está medio lleno o medio vacío? Sin embargo, preguntó:

- ¿Cuánto pesa este vaso?

Las respuestas variaron entre 200 y 250 gramos.

El psicólogo respondió:

"El peso absoluto no es importante, depende de cuánto tiempo lo sostengo. Si lo sostengo 1 minuto, no es problema, si lo sostengo una hora, me dolerá el brazo, si lo sostengo 1 día, mi brazo se entumecerá y paralizará.

El peso real del vaso no cambia, pero cuanto más tiempo lo sujeto, más pesado, y más difícil de soportar se vuelve."

Y continuó: "Las preocupaciones de nuestro día a día son como el vaso de agua.

Si piensas en ellas un rato, no pasa nada.

Si piensas un poco más empiezan a doler, pero si piensas en ellas todo el día, acaban paralizándote, te impiden hacer nada"

¡Acuérdate de soltar el vaso! ""

Efectivamente podemos aprender a "soltar el vaso", pero lo que aquí no se advierte es que primero  hay que  mirar el contenido del vaso, y si es relevante o no para establecer luego "cuando suelto el vaso" No todas las "preocupaciones" tienen la misma relevancia.

Preocuparse es muy útil, lo que podemos aprender es a evaluar el contexto de esa preocupación y su contenido. Preocuparme constantemente en que mañana me van a diagnosticar un cáncer sin la menor base: ese vaso hay que soltarlo. Ahora bien, preocuparme acerca de que si firmo una hipoteca y no tengo una garantía de ingresos estables, puede ser útil ya que me puede predisponer para tomar medidas al respecto. No es la preocupación en sí, sino qué hago con ella.




Valorar y cuidar lo que ya está


Entre los años 60 y 70, el profesor John B. Calhoun realizó un experimento popularmente conocido como Universo 25, en el que creó un espacio confinado de 2.7 metros cuadrados y 1.4 metros de alto. En este lugar introdujo cuatro parejas de ratones con excelentes condiciones genéticas. El pequeño universo tenía agua y alimento ilimitados, se mantuvo en condiciones impecables y por supuesto era carente de depredadores. Básicamente un paraíso alimenticio en el que el espacio era restringido pero la supervivencia estaba asegurada. El lugar podía albergar hasta 3840 ratones.
Hasta el día 315 del experimento los ratones se reprodujeron a gran velocidad, llegando a los 600 individuos. De ese punto en adelante los nacimientos empezaron a descender. En ese período comenzó a resquebrajarse la estructura social. Germinaron brotes de gran agresividad entre los machos, las hembras empezaron a perder el interés en la maternidad y a pesar de tener recursos ilimitados se enfrentaron salvajemente por el dominio de territorios.
Cada generación se hizo más agresiva que la anterior. A partir del día 600 la sociedad entró en un apocalipsis total: los ratones más débiles se alejaban de los demás y de repente eran  atacados  todos sin misericordia. Las pocas hembras que parían abandonaban a sus hijos al nacer. Los machos no cuidaban del hogar y dejaban a sus hembras, los bebes terminaban siendo canibalizados por sus vecinos. Otros machos se alejaban de las zonas de conflicto y se dedicaban al narcisismo absoluto, sólo jugando y comiendo todo el día, nunca mostraban interés alguno por las hembras. En su pico más alto la población llegó a los 2200, el experimento se dio por finalizado cuando apenas quedaban unos pocos ratones, de los cuales el más joven tenía alrededor de 900 días, unos 90 años humanos.
El grado de bienestar que hoy se ha logrado en España (y compararla literalmente con la del experimento sería ridículo) no ha sido improvisado. Efectivamente, hay problemas, siempre los habrá, ya que la sociedad ideal no existe. Si no enseñamos a valorar lo que tenemos, lo  que se ha alcanzado, el lugar que ahora ocupamos y de donde venimos, es muy fácil comenzar a activar conductas que vayan en contra de mantener lo que se ha logrado, que se paralice ese progreso y que incluso comience un periodo de involución.

Esta conducta a nivel personal también lo hacemos, cuando a la hora de valorar nuestra vida como un todo, lo hacemos poniendo el acento en aquellas cosas que consideramos negativas y que oscurecen, contaminan aquellas que sí que están funcionando, porque nada en la vida de nadie funciona de una forma tan absoluta. Si comenzamos a alimentar esa atención sesgada, haciéndola cada vez más grande y ocupando mucho tiempo en ello, nos induciremos a ese proceso auto destructivo.

Lo esencial es que son habilidades, desarrolladas a través de conductas concretas y con unos sesgos aprendidos, y lo mismo que hemos desarrollado esto podemos aprender a revertirlo, y no se tratará de negar nuestra realidad, se trata de equilibrarla y valorar aquello que sí está funcionando.


El Bofetón


Imagina que viene a ti un niño (hijo, sobrino o cualquier niño que puedas imaginar) pequeño, muy triste, llorando, porque otro niño le ha quitado un juguete y le ha pegado. ¿Qué ocurre si le dás un bofetón como respuesta, le apartas de tu lado con desprecio y le dices: ¡eres un débil!, ¡ni siquiera eres capaz de defender lo tuyo!...¿Cómo se sentirá ese niño?, pues así, exactamente es como tú en muchas ocasiones has aprendido a tratarte y a sentirte.

¿El niño que es castigado duramente por sacar una mala nota aprenderá con ello a estudiar mejor?, ¿el niño que se le pega porque ha pegado a su hermano dejará de hacerlo una siguiente vez?, ¿el niño que al que se le grita “eres un desastre” sabrá como evitar que se le vuelva a estropear el ordenador?, ese es el método que empleas contigo mismo, aprendido, cada vez que te equivocas.

Parece que cuando más se nos grite, más se nos insulte, peor se haga sentir a la persona, antes aprenderá. Y lo único que se consigue es que la persona refuerce y repita la conducta, porque no se le ha enseñado ninguna alternativa, pero sí a sentirse mal. “Así aprenderá”

Recibiste unas instrucciones claras: “te sentirás seguro y válido (te querremos) si y sólo si cumples una serie de requisitos: ser siempre y sin excepción “bueno”, no contestón, no agresivo, no afirmativo...”  teñidos de una justificación ”moral”

Recibiste instrucciones sobre cómo lograr alcanzar ese listón que había puesto para obtener la tan necesaria sensación de valía: si intentaban que fueras “bueno” a base de regañinas, gritos, descalificaciones..es lógico que tú intentaras hacer lo mismo contigo mismo: ahí surgió la forma en la que tú a la vez te tratas como único método para alcanzar la sensación de seguridad y valía.

Así, vas buscando obsesivamente cubrir una gran necesidad de seguridad y valía, lo que genera una distorsión en la forma en que estás percibiendo e interpretando la realidad; distorsionas la realidad para que encaje con la idea que te has construido de ti mismo de: “persona imperfecta”, pero que va a mejorar “a base de palos”

Cuando pasan años, “dándote palos” y comprobando que  tus necesidades de reconocimiento, seguridad, valía, autoestima no se cubren, es cuando muy probablemente decidas, ¿qué hago con esto?, y si no lo has hecho, mi sugerencia es que te lo preguntes, y yo te digo que la alternativa existe, que lleva un tiempo, pero ninguna persona con la que he trabajado o estoy trabajando, me devuelven “que están perdiendo el tiempo”

Miedo a Brillar


A lo largo de nuestro desarrollo aprendemos a “Posicionarnos”, aprendemos a reconocer cual es el “espacio que elegimos ocupar en relación con los demás”, y claro, esto va a ser influenciado por el modelo cultural donde me desarrollo , modelo de familia,  los modelos educativos  y el resultante de mi “Autoestima”, que es como la firma del “modelo de mi identidad personal” que he creado.

Dependiendo “del grado de salud”, verificada en cómo es de cercano a la realidad el modelo que sobre mí he creado, de esa “Autoestima”, así considero y determino cual es el lugar que quiero ocupar, qué cosas me considero capaz o no de conseguir, cómo percibo a los otros en relación conmigo. Es muy sencillo generar un miedo a exponerme públicamente, miedo a que me critiquen, me rechacen, se distancien por un mero hecho de sobresalir.

Hemos crecido bajo creencias sobre nosotros mismos. Etiquetas impuestas de nuestros padres y profesores. En la mayoría de las ocasiones las ideas más fuertes, con más impronta, son las negativas, las que nos desvalorizan como el “no valgo nada”, “hay alguien mejor que yo”, “yo no estoy hecho para triunfar, soy un estúpido fracasado”, “no sirvo para hacer esto ni aquello”, etc

Solo para deshacernos de esas infamias personales, puedo chequear el contenido del modelo que he construido sobre mi persona, sus condicionantes y cómo reajustarlo. Lo perverso del asunto es que tenemos tan integrado el modelo creado, que lo consideramos como que es nuestra verdadera identidad, y que si lo reajustásemos, perderíamos algo “de nosotros mismos”. Nos hemos construido sobre una plataforma conocida y necesitamos reafirmarnos todo el tiempo con aquello que nos identificamos. Es una zona segura.

No nos damos cuenta que en realidad igual que somos el producto de una serie de vivencias e ideas asumidas, podemos modificar las mismas dando lugar a otro producto. Seguimos patrones y valores sociales que nos restringen como el “necesitamos de los demás, tú no puedes solo”, “no puedes mostrarte autosuficiente, no seas egoísta”. Es muy fácil que con estos elementos dentro de mi modelo de identidad dé como resultado el permanecer en el anonimato.

El fondo de la cuestión, es que “yo no soy el modelo que he construido de mi”, que yo como identidad estoy por encima de ese modelo y cuando aprendo a instalarme en esa “auténtica identidad, que está liberada de modelos”, es cuando estoy en disposición de crear el modelo operativo con el que voy a relacionarme; y ahí el juicio de los otros dejará de ser un impedimento, y por ende, el “miedo a brillar”, aunque socialmente se nos alerte constantemente de esta tentación, y como ejemplo dejo esta parábola:

“En el silencio de la noche oscura sale de la espesura incauta la luciérnaga modesta, y su templado brillo luce en la oscuridad. Un sapo vil, a quien la luz enoja, tiro traidor le asesta y de su boca inmunda, la saliva mortífera le arroja. La luciérnaga dijo moribunda: ¿qué te hice yo para que así atentaras a mi vida inocente? Y el monstruo respondió: Bicho imprudente, siempre las distinciones valen caras: no te hubiera escupido yo, si tú no brillaras.”